Nota:
Yavi, en el extremo norte de la provincia de Jujuy y a pasos de la frontera con Bolivia,
es un poblado dentro de un pequeño valle irrigado en el corazón del altiplano
argentino. Es un lugar visitado por los turistas por su antigua capilla y el museo de
la casa donde residió un marqués. Menos personas saben que el camino de ripio
que parte hacia el este conduce a un valle con varios miles de habitantes, a poca
distancia al mismo tiempo de la selva de las Yungas y la Puna, como se llama habitualmente
al altiplano.
El recorrido de 120 km lleva casi cuatro horas y atraviesa abras (pasos) a
más de 4.500 m de altura, para finalizar en el valle del Silencio, como alguien bautizó
a Santa Victoria Oeste. Santa Victoria es punto de encuentro para comunidades
de agricultores y pastores, y muchos de sus habitantes van y vienen entre sus
casas y diferentes puestos (residencias en la montaña), a los que muchas veces
solo puede accederse a pie o a caballo. Durante siglos, se realizaron intercambios
con los pobladores de uno y otro lado de las montañas, conectando el mundo andino
con el de las tierras bajas, pero muchos de esos intercambios se han reducido
o desaparecido.
Junto a la televisión satelital, el teléfono celular y las comunicaciones diarias
con la Quiaca, el centro urbano cercano más importante, conviven cultivos casi
desaparecidos en otras partes de Argentina, como la quinua (Chenopodium quinoa),
el coime (Amaranthus caudatus), la oca cizaño (Tropaeolum tuberosum), la
achojcha (Cyclanthera pedata) y el yacón (Smallanthus sonchifolius), además de
una importante variedad de papas (Solanum tuberosum), oca (Oxalis tuberosa),
papa liza (Ullucus tuberosus) y maíz (Zea mays), el cultivo más importante del valle.
Aquí, dos de cada tres plantas silvestres tienen algún uso, se tiñen mantas con
suico (Tagetes minuta) y se puede conocer el sabor de la serminuela (Iochroma
australe), el fruto de una planta endémica del sur de Bolivia y el noroeste argentino.
Aunque uno de los usos más frecuentes es el medicinal, las plantas silvestres
tienen otros como comestibles, forrajeras, ornamentales, tintóreas o ceremoniales,
y hasta para “aceitar” las cuerdas del violín.
Existen antecedentes de estudios etnobotánicos en la zona que tomamos en
cuenta, pero nuestro interés por documentar, al menos en parte, esa riqueza de especies
y la cultura que la rodea surge de la percepción de que esa diversidad y ese
conocimiento pueden perderse para las generaciones futuras. Esta publicación es
el fruto de dos semanas de residencia en Santa Victoria, donde pudimos atisbar su
riqueza, conocer a muchas personas, y encontrarnos con algunas que son un tesoro
de conocimiento que tratamos de transcribir en este trabajo. Aquí las conversaciones
sobre las plantas llevan a relatos sobre el “Tío”, dueño de las minas y por cuyas
riquezas se cobra en vidas humanas, o cómo “leer” las hojas de coca y tratar la aicadura
(un tipo de diarrea) mediante baños en que se combinan varias hierbas locales.
Sabemos del interés de maestros, miembros de las comunidades aborígenes y otros
por preservar el conocimiento sobre el uso de las plantas y todo lo que eso significa.
Esperamos que esta pequeña muestra sirva a esa tarea.